
Una calle empedrada, llena de toldos amarillos que simulaban la luz. Olor a flores y a vida, energía que mi cuerpo agradeció porque recibirla fué sentir ganas de vivir. Mientras caminábamos entre la gente, el frío me invadió y el calor que me daba el contacto con su piel, se confundió con el fuego que me produjo una copa de vino.
Oímos una música de fondo, una melodía de saxo que simuló un viaje a través de los sentidos, como viaja el deseo que se cuela por nuestro interior. Agarrados de la mano, buscábamos un toque de locura en algún lugar de ese mercado, que además de licor nos vendía seducción. Una canción nos invitó a bailar, pegó su cuerpo al mío y pude sentir sus ganas que me pasearon de manera sublime por mi ansiedad de amar. Un beso marcó el tiempo, lo desapareció todo, solo quedamos el y yo.
La urgencia nos llevó, una chimenea y una copa de vino invadieron vehementemente nuestros cuerpos. Sus manos se confundieron con mi piel y me hicieron sentir la melodía de las llamas que quemaban poco a poco nuestra lujuria . Besó todo mi cuerpo, despacio, bebiendo cada gota de mi sudor. Su aliento dibujaba mi silueta y penetraba mis sentidos haciéndome suya lentamente. Su delirió desnudó mi cuerpo y le pertenecí. Amor de lumbre que me entregó con fuerza y descubrió mi alma.
Me vistió de nuevo con besos suaves y húmedos que regó por mi cuerpo. Amándome, me dió el calor que deseé convirtiéndose en mi propia piel y así, pasamos la noche.

